sábado, 2 de mayo de 2015

LA NARRACIÓN DE TU PROPIA HISTORIA.

“Tu vida es tu historia. Tu historia es tu vida”. Jim Loehr


Aristóteles definió al ser humano como “animal racional”, con lo de animal ya nos situaba en el plano de la biología a la que pertenecemos y con lo de racional, vino a decir que, efectivamente, somos un producto de la razón. Quizás esto te parezca muy metafísico, pero llegar a comprenderlo, es tremendamente ilustrador.

El caso es que como todo lo racional, el material de construcción empleado para edificar al hombre son y siguen siendo las palabras.  Cualquier edificio lógico está hecho de palabras y  por lo tanto, de razones. Las palabras son, al fin y al cabo, la puerta de acceso a la realidad.

En realidad, Aristóteles dijo que el hombre era un "animal hablador"; pero los traductores le “traicionaron” y dieron únicamente la versión de “racional”. Es que la Palabra y la Razón tienen en griego el mismo nombre: Logos. Y su adjetivo significa igualmente “hablador” que “razonador”. Con la particularidad de que para un griego es evidentísimo que la razón viene de la palabra: no a la inversa. 

Comprenderás que para el animal hablador que somos, lo que no se habla no forma parte esencial y distintiva de nosotros. Vamos ganando humanidad en la medida en que nos ponemos o nos ponen en palabras. Por eso es tan esencial decidir cómo te hablas, cómo cuentas tu historia. Porque todas las historias están hechas de palabras. La misma historia es “lo que se cuenta”, que es, en última instancia, lo que cuenta. Historía es narración y historéuo es contar. Si no hay unos ojos mirando y una boca narrando, no hay historia.

Subliminalmente tu mente te está contando una historia sobre ti mismo cada segundo, cada hora de cada día de tu vida. Es un suceso que no podemos evitar. Funcionamos así, y por eso es muy importante asegurarse de que esa narración sea positiva para ti.

El relato de quién eres te lo explicas a través del lenguaje; y lo que te cuentas sobre ti mismo va a tener una influencia poderosísima sobre lo que te suceda. Uno de los trabajos más importantes que uno debe hacer en su vida es construirse y pulir esa narración.

Hemos oído muchas veces la idea de “cuida tu lenguaje”, “sé impecable con tus palabras” y así debe ser: porque el lenguaje es el gran intermediario entre el mundo y nosotros.

Las palabras son la vía de acceso a la realidad y también a nuestra propia energía: están cargadas de significación, de emoción, de impulso y pueden llegar a convertirse en la mejor vía de motivación.

Cuentan que Schopenhauer se decía a sí mismo como un mantra: “soy un genio, soy un genio, soy un genio…” y… bueno, pues sí, era un genio… y aún así, se lo tenía que decir a sí mismo. Somos así, por raro que nos parezca: tenemos que decirnos muchas veces quienes somos para llegar a serlo.

Seguramente que es ésta la razón por la que Fausto, el que está dispuesto a venderle su alma al diablo por alcanzar la sabiduría, está obsesionado por descubrir qué querrá decir eso de que "En el principio era la palabra". Es que efectivamente, como decía mi maestro: “la palabra es la llave que nos abre (¡y cuán a menudo nos cierra!) el acceso a la verdad de las cosas."

Piensa, debate, discute, escribe, reescribe tu propia narración y cuida tu lenguaje porque todo tu ser circula por las palabras que usas para explicarte a ti mismo. Y la  forma, el  sonido y el sabor de esas palabras se funden con el contenido: igual que las cápsulas y los excipientes que se ingieren con la medicina.
“Para ser brillante, ponle brillo a lo que te dices de ti mismo”

IDEAS PARA RECORDAR:
El ser humano es racional y, por tanto, está construido de palabras.
La mente humana se desenvuelve mejor con la narrativa, porque nuestra inteligencia es fundamentalmente lingüística.
Tenemos que decirnos muchas veces quiénes somos para llegar a serlo.
Tu ser circula por las palabras que usas para explicarte a ti mismo.
Para ser brillante, ponle brillo a lo que te dices de ti mismo.


Foto: MT. Santa Rita