jueves, 20 de octubre de 2016

LAS PROFUNDIDADES DEL YO

“El grado y la naturaleza de la sexualidad de un hombre alcanzan las cimas más altas de su espíritu”. Nietzsche.


La mayor tarea que tenemos –según los sabios- es conocernos a nosotros mismos y actuar en consecuencia. Pero en esta tarea existe un antes y un después de Sigmund Freud. Gracias a él, sabemos que hay un lugar oscuro e inaccesible que mueve los hilos de nuestras actuaciones. Esto le pone aún más emoción a la aventura de vivir. 
Freud descubrió el inconsciente, que no es en absoluto un lugar en el cerebro. Se trata más bien de un estado de nuestra mente al cual cuesta mucho tener acceso. Ahí están nuestras pulsiones más potentes: la libido y el tánatos: sexo, muerte, violencia. Esta aportación nos sirve para comprender nuestro comportamiento. Y gracias a la idea del inconsciente colectivo, el de nuestro grupo.

Aunque no seamos muy fans del psicoanálisis debemos reconocer que ya nadie puede explicarse a sí mismo sin tener en cuenta este descubrimiento. Me adelanto a apuntar que el pobre Segismundo penetró en la mujer como lo hace el hombre: hasta donde alcanza, que no es mucho. Y se creyó que ahí acababan las profundidades del cuerpo humano y del alma humana. Si hubiese estudiado al hombre desde la mujer, otro gallo nos cantara. Pero ése era un imposible metafísico, porque él era hombre.

Yo suelo confiar en la doble naturaleza humana, tanto en la biológica como en la cultural, porque presupongo que nuestro cuerpo viene preparado para la supervivencia y que  la cultura viene a resolver problemas con los que nos enfrenta esa doble naturaleza: porque no hay forma de armonizarlas sin violentarlas. En la cultura, queda violentada la naturaleza; en la violencia y la incontinencia, se violenta a la cultura.

Por ello creo que si tenemos un lugar oscuro donde guardar nuestros más bajos instintos, nuestros más inconfesables deseos, nuestra naturaleza más primitiva es que es buenísimo que eso sea así, y que todo eso se quede ahí. Somos gente civilizada, ¿no? No podríamos vivir teniendo presente todo eso y estando constantemente sometidos a sus tentaciones. Sería horrible.

Otra cosa bien distinta, es cuando se produce realmente una disfunción, una incomodidad mental considerable, es decir cuando nos desquiciamos. Ése es el momento de bajar a nuestro subsuelo y hurgar para saber qué está pasando. Si todo te va razonablemente normal, no te metas en líos y no intentes averiguar qué sucede en tu sótano. Como dice Virginia Wolf, todos tenemos perros en el sótano. Perros, lobos, serpientes…y ¡vaya usted a saber qué más!

Se compara muchas veces nuestro cerebro con los ordenadores y está bien saber usarlos; pero tampoco hace falta saber exactamente cómo funcionan. Son complicados. (A no ser que sea tu profesión).

¿Pero cuáles deben ser los perros más comunes de ese sótano? Imagino que nuestros deseos más primitivos, nuestras pasiones deben estar en comunión con nuestros instintos y, en definitiva, con todo aquello que es importantísimo en nuestras vidas: la supervivencia, el sexo, la violencia, la fuerza…

Los sótanos son lo que la civilización nos ha obligado a reprimir. No malo por sí mismo, sino convencional y artificialmente malo.

De hecho, Freud veía mucho sexo en ese sótano, y me parece lógico. El psicoanálisis surge en una sociedad vienesa muy muy conservadora donde las mujeres no pueden ni enseñar el tobillo, a los chicos se les obsesiona diciéndoles lo mala que es la masturbación, a los homosexuales se les trataba como enfermos mentales, así que  parece normal que anduvieran tod@s un poco histéric@s. Bueno, y veía mucho sexo porque era hombre. ¿Por qué no decirlo? Cuestión aparte es su visión masculina del tema, porque “el complejo de castración”, por poner un ejemplo, no deja de tener su guasa. Visión de macho hasta el ridículo.

¿Pero qué pasaría si liberásemos del todo nuestras pulsiones sexuales? ¿Habría realmente mucho sexo? ¿Seríamos muy promiscuos? ¿Más aún? ¿Iríamos a trabajar? ¿Escribiría posts? ¿Se aceptaría el incesto? ¿Los hombres podrían dar rienda suelta a su complejo de Edipo? ¿Y la mujer? ¿Sería coartífice o resultaría víctima de esa orgía pansexual? ¿Avanzaría la ciencia? ¿Desaparecería el arte? ¿Y la religión? ¿Y lo que es peor… ¿Desaparecerían el Facebook y el whatsapp? Jaja!!

Bueno, creo que hemos hecho tarde para esas reflexiones. Ha vencido la cultura que, para su desgracia, se ha empeñado en exhibir a la luz del día los monstruos que tiene reprimidos en en el subsuelo y se le soliviantan. Y eso pretende ser una manifestación de cultura: soltar a los monstruos que la cultura condenó a la oscuridad. No es la primera vez que eso nos ocurre. Y quien pierde siempre es la misma: la cultura. Y los segmentos más débiles de la sociedad a los que la cultura protege o protegía.

Imagino que como el inconsciente es la contrapartida de las convenciones sociales, cada tipo de sociedad debe configurar sótanos diferentes.

Pero insisto en que nuestra doble naturaleza es sabia porque si esto que imaginó Freud se ajusta más o menos a la realidad, la cosa está muy bien pensada. Por ejemplo: siento deseos de matar a alguien, mi inconsciente me lo oculta, mi consciente lo intuye pero lo reprime. Si pasa la censura y cometo el crimen, la justicia actúa. ¡Menos mal! Me quedo mucho más tranquila. Y más, si pienso que yo puedo ser la diana de otro.

Sigo haciéndome preguntas: en un mundo donde todo estuviera aceptado, en un mundo sin leyes, sin restricciones, sin moral, ¿desaparecería el inconsciente? ¿Seríamos absolutamente libres?

Ante el deseo de ser libres y ante el hecho de que tenemos endiosados a nuestros instintos, la tentación más común es la de cargarnos todas las manifestaciones de la cultura por las cuales nos sentimos oprimidos: las leyes, las normas, la educación, el arte, la religión… etc. Desgraciadamente resulta demasiado evidente que si diéramos rienda suelta a nuestro inconsciente y a todos nuestros instintos, paradójicamente, acabaríamos con la especie, o desde luego con lo que entendemos por civilización. Así que como algunos han apuntado, debemos aceptar la cultura como un mal necesario. Se trata de que sea un mal lo más tenue posible, y desde luego, sin caer en la otra tentación,  en la que se ha caído durante muchos siglos: la de eludir los problemas sexuales y morales valiéndose de esa idea disparatada según la cual basta con ocultar algo para que no exista. ¿Ocultar o reprimir? Aunque la represión va por barrios. Y hasta por géneros. Unos reprimen y otros oprimen. Unos son reprimidos y otros oprimidos. Aflojarles a unos la represión es apretarles a otros la opresión. En fin, que soluciones fáciles y lineales no las hay.

Foto: MarCruzCoach Parque de Tervuren. Bélgica.